1957 - 2017 

Texto: Diego Rabasa.
Fotografía: Fondo Consejo Mexicano de Fotografía, Centro de la Imagen.

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Ariel Rodríguez Kuri es profesor en el Colegio
de México, donde también funge como investigador en el departamento de Estudios Históricos. Es especialista en Economía Política, un tema sobre el que ha escrito numerosos ensayos, libros y artículos. Es autor del texto “Urbanización y cambio cultural, 1960-2000”, incluido en el libro México contemporáneo
1808-2014. La población y la sociedad, en el que también fungió como coordinador editorial.

 

Conversamos con él sobre los cambios urbanísticos, políticos
y sociales que han traído los sismos del siglo xx a la Ciudad
de México, así como acerca de las perspectivas de transformación
que el terremoto actual trajo consigo.

¿Es posible rastrear cambios en los modelos
urbanísticos de la ciudad asociados con los
grandes sismos que la han sacudido?

Es una pregunta muy interesante. Claramente el sismo de 1985 tuvo consecuencias en este sentido, igual que las está teniendo el de 2017, en términos de discusión pública sobre la seguridad de los habitantes e incluso sobre la planeación misma. No estoy seguro de que antes de éstos un terremoto tuviera consecuencias sobre los modelos de urbanización, aunque por supuesto ha habido sismos que han golpeado la ciudad de manera muy
importante, como el de 1957. Me parece que antes de 1985 la gran obsesión de la ciudad en relación con la naturaleza eran las inundaciones, el agua. Lo que han hecho los sismos es cambiar nuestro foco de atención hacia el comportamiento de las placas
tectónicas que afectan a la Ciudad de México.
Ahora, a mi juicio, el terremoto actual ha conjuntado estas dos grandes preocupaciones: la sismicidad y el comportamiento de las aguas en la cuenca de México. Si ves las consecuencias que ha tenido el sismo de 2017 sobre Iztapalapa, Xochimilco, Tláhuac, etc., parecen juntarse los dos fenómenos. Los apantles famosos, es decir los pequeños canales que recorrieron una parte de lo que es Xochimilco, Tláhuac e Iztapalapa, han quedado expuestos por el terremoto. Al mismo tiempo observamos un problema hidráulico derivado del movimiento telúrico. Es decir, lo que tiene de peculiar ese último es que ha sintetizado
las dos grandes preocupaciones sobre la naturaleza que hemos tenido los habitantes de la CDMX durante siglos.
Para entender posibles cambios en los efectos que los sismos han tenido en la ciudad, sería importante puntualizar cuáles eran los ejes sobre los que se desarrollaban los planes urbanísticos en la ciudad, digamos en los 50, en los 80 y ahora. ¿Es posible trazar esas directrices? Hay un corte muy claro a mediados de la década de los 60 en cuanto a cómo se concibió y desarrolló la urbanización
de la Ciudad de México. Hasta antes de 1966, las políticas oficiales respecto a la ocupación del territorio en la Ciudad de México tuvieron mucho que ver con impedir los asentamientos irregulares, por más que nunca lo hayan logrado. Fue justo cuando salió Uruchurtu como jefe del Departamento del Distrito Federal, un hombre muy conservador en muchos sentidos, cambió esta política. 

 

Otro de los asuntos más notables que trajo consigo el
sismo de 85, fue la manera en la que evidenció la separación
que existía entre los gobiernos federales y locales y
la población. El entonces regente, Ramón Aguirre, y el
expresidente Miguel De La Madrid, adoptaron una posición
cínica y condescendiente hacia la actitud de la sociedad
civil. ¿Qué podrías decir del estado de la relación entre
la sociedad civil y el gobierno en los 50, en los 80 y ahora?

Creo que en los años 50 y 60 la lucha era entre los sectores corporativos dentro del propio partido. La salida de Uruchurtu —por eso la señalo como un momento definitivo— marca el inicio del fin del PRI en la ciudad. El propio PRI lo expulsó porque se percató de la creciente presión que ejercía la nueva
demografía causada por los migrantes a una ciudad que crecía anualmente a tasas importantes de entre 4 y 4.5% anual (una tasa insostenible para cualquier gobierno). En 85 no existía una clara diferencia entre los gobiernos federales y locales, al menos en la ciudad. Lo que ocurrió después del sismo es que la ciudadanía obligó al gobierno a abrir una interlocución. Se gestó una necesidad para pluralizar los pactos. No podemos prever aún cuáles serán los nuevos pactos que surgirán de la tragedia actual, pero sin duda veremos cambios
importantes en la dinámica social y política de la ciudad. Es difícil de predecir porque, aunque se habla mucho de la sociedad civil como si ésta fuera una, en realidad por definición es invertebrada. Puede tener una participación importante en
ciertas coyunturas, pero ésta también puede ser efímera. Si nos atenemos a los dos momentos previos de ruptura, el de los años 60 y el de 1985, tendríamos que pensar que los grupos
que van a prevalecer —aquellos que tienen mayor capacidad de permanencia en el tiempo y de persistencia para plantear sus demandas— son los de las clases más populares, que usualmente
exhiben mayor capacidad de resistir y de organizarse que la clase media.
En un momento de tanta presión política, tenemos que ser cuidadosos para tomarle el pulso a lo que llamamos la voluntad ciudadana. Las demandas que vendrán de las zonas afectadas de clase media, y la capacidad para sostenerlas, no son las mismas que las de las zonas de origen popular. Algunos grupos populares afectados como los pueblos de Xochimilco y ciertas zonas de Iztapalapa tienen más experiencia para la organización sostenida. Además, en términos estadísticos, hay que recordar que en Iztapalapa, Xochimilco y Tláhuac
estamos hablando de millones de habitantes con algún grado de afectación, contra decenas de miles en las zonas más céntricas (que por otra parte, cuentan con mayor visibilidad).

 

 
 

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