LA CIUDAD DE BARRAGÁN

Texto: Emmanuel Sandoval.
Fotografía: Gonzalo Morales.

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Sólo estando dentro —o frente— de los muros que proyectó Luis Barragán, se puede comprender qué era lo que este genio quería transmitir con su obra. Éste es un recorrido por cinco de las edificaciones que hacen del arquitecto parte de la Ciudad de México, y a la Ciudad de México, hogar del arquitecto.

“EN MIS JARDINES, ES MIS CASAS, SIEMPRE HE PROCURADO QUE VIBRE EL PLÁCIDO MURMULLO DEL SILENCIO” 

El trabajo de Luis Barragán representa años de contemplación, de ver al mundo con sensibilidad y de seguir reescribiendo lo que parecería evidente: elevar muros, dotarlos de colores, crear un espacio para refugiarse. La cantidad de libros, ensayos, tratados y notas periodísticas que se han escrito sobre él y su obra son tantas que sobra hablar de sus mayores influencias: Ferdinand Bac, Le Corbusier, las casbah de Marruecos y la arquitectura mediterránea de la Alhambra, en España. Pero para hablar de lo que nos dejó este genio (nacido un 9 de marzo de 1902 en Mazamitla, Jalisco), hace falta hacer el ejercicio de recorrer cada espacio para, en la medida de lo posible, diseccionar su obra, vivirla y experimentarla a través de la mayor cantidad de sentidos posible. En la Ciudad de México son varios los recintos que Barragán ideó —y materializó— como grandes obras de la arquitectura moderna y que incluso varias décadas después de que fueran erigidas, siguen siendo referente importante de los estudiosos y fanáticos de ese arte llamado arquitectura. Nos aventuramos a comprender la naturaleza de algunas de sus obras: Casa Luis Barragán, Casa Pedregal, Casa Giraldi y Cuadra San Cristóbal, y atestiguamos, desde un punto en el que somos pequeñísimos, la inmensidad de una de sus obras públicas más importantes: las Torres de Satélite.

“EN MIS FUENTES CANTA EL SILENCIO”

MISTERIO Y BELLEZA 

De Barragán no existe —al menos publicado—, ningún documento escrito o dictado de su puño y letra que explique su proceso creativo. Hay tan sólo algunas entrevistas en las que apenas habla sobre cómo diseñaba. Sus metodologías proyectuales siguen y seguirán siendo un misterio, y una de las razones por las que recorrer los pasillos de sus edificaciones es todo un viaje imaginativo. Sobre su forma de trabajar, en una entrevista realizada por Mario Schejtnan Garduño, dijo: “cuando empiezo un proyecto, comúnmente lo inicio sin tocar un solo lápiz, sin ningún dibujo. Me siento y trato de imaginar las cosas más locas. Es un proceso de locura. Después de imaginar esas ideas, dejo que se asienten en mi mente un par de días, a veces varios. Regreso a ellas y empiezo a dibujar pequeños croquis en perspectiva, frecuentemente los hago en un block de dibujo, sentado en una silla. No diseño en una mesa o un restirador”.

 

 

“Sólo en la íntima comunión con la soledad puede el hombre hallarse a sí mismo. Es buena compañera, y mi arquitectura no es para quien le tema y la rehúya”

En parte tiene sentido que no exista una receta o un panfleto preciso en el que se viertan a manera de instructivo los pasos que él seguía para diseñar. Finalmente lo que él deseaba era manifestar la belleza —o locura— a través de su obra. Y la belleza, al igual que el arte, no puede explicarse ni manifestarse con teorías o métodos pragmáticos. Construir con un sentido más humanista y romántico, ésa es la visión de Luis Barragán. “La invencible dificultad que siempre han tenido los filósofos en definir la belleza, es muestra inequívoca de su inefable misterio. La belleza habla como un oráculo, y el hombre, desde siempre, le ha rendido culto, ya en el tatuaje, ya en la humilde herramienta, ya en los egregios templos y palacios, ya, en fin, hasta en los productos industriales de la más alta tecnología contemporánea. La vida privada de belleza no merece llamarse humana”, escribió el arquitecto en su discurso de 1980 con el que agradeció —y rechazó— el Premio Pritzker, considerado como el Pulitzer de la arquitectura.

LOS CINCO GIGANTES

En 1958, junto a Mathias Goeritz, Luis Barragán proyectó cinco torres de concreto, de planta triangular y diferentes colores y alturas (la más alta de 52 metros), con un carácter meramente escultórico. La obra se convertiría en la puerta de entrada de un proyecto residencial liderado por Mario Pani: Ciudad Satélite. Desde entonces, estos cinco gigantes (que fueron concebidos como un experimento: una conjunción inseparable entre arquitectura y escultura) se mantienen inmóviles, firmes, y su verticalidad, como si fueran agujas rascando el cielo, en el símbolo eterno de nuestra ciudad.

 

 

 

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